Las últimas semanas han sucedido importantes hechos, cuyo dramatismo ha evidenciado lo inconsistente de la política de Seguridad que blande el Gobierno de George W. Bush como su apuesta de dominio imperial, la Estrategia de Seguridad Nacional (ESN) que dio a conocer al mundo a fines del 2002. Inconsistencia en un momento histórico en el cual múltiples actores reclaman actuar anteponiendo el diálogo, el reconocimiento a la diversidad cultural para aunar fuerzas frente a los reales riesgos para la subsistencia de la humanidad: las epidemias como el sida, el ébola, la malaria y la renaciente tuberculosis; el deterioro creciente del medio ambiente, que tiene al recalentamiento del planeta como uno de los desafíos mayores a encarar; la crisis de las fuentes energéticas, que cuestiona la pervivencia de la actividad que mueve a este voraz sistema económico-político; la crisis alimentaria que tiene a millones de personas en el hambre más ignominiosa. Pero estos problemas no han logrado sensibilizar, en forma real y sincera, al núcleo del poder internacional que ha privilegiado el belicismo, creando un clima mundial de terror. Y a fines de agosto asistimos a desastres que pusieron en evidencia el estado de miedo que ha implantado esta política securitaria.
Por una parte, la situación de terror permanente en que viven las comunidades irakíes, ante la pugna por el control del territorio entre la alianza encabezada por EEUU y los grupos cercanos a Al Qaeda, cuya expresión más clara fue la mortandad de fieles chiítas que, despavoridos, huyeron ante la supuesta presencia de un atacante suicida en la mezquita Kadimiya de Bagdad. Por otra parte, el huracán Katrina que desató una crisis apocalíptica en el Sur de Estados Unidos y creó una sensación de indefensión ante los próximos fenómenos climáticos, debido a la tardía, lenta y errática respuesta del Gobierno de Bush Jr.
En ambas situaciones, la administración de los halcones y cowboys aparece enredada por la estrategia de seguridad, con la cual explica el corazón de su política general, y por el costo económico, social y político que ella implica: los recursos para fortalecer su aventurera cruzada en Afganistán e Irak superan los US$ 300 mil millones, cifra similar al costo estimado de los daños de Katrina, con lo que ahonda el déficit público de EEUU; el incremento de estadounidenses muertos por la resistencia iraquí supera los 1.900 efectivos, sin contar los militares de otras naciones copartícipes en la invasión que han caído en Irak y Afganistán; la negativa estadounidense a participar en los esfuerzos internacionales por enfrentar los desafíos humanitarios urgentes, como el sobrecalentamiento de la tierra.
El actual Gobierno, obnubilado con una simplona interpretación del mundo, que tiene tanto de extremismo religioso cristiano como las proclamas de los terroristas de Al Qaeda tienen de extremismo musulmán, ha hecho sentir la posición hegemónica que ocupa su nación en el conjunto internacional, construyendo una relación mundial de confrontaciones civilizatorias de manera de justificar su propio simplismo político estratégico. En dicho espacio virtual ha dispuesto la imagen todopoderosa y omnipresente de sus Fuerzas Armadas militares y de su enseña política-religiosa.
Con el apoyo de algunos gobiernos del Norte, socializó la sensación de riesgo mortal frente al peligro terrorista e impuso su Estrategia de Seguridad Nacional, con la cual prometió un paraíso de paz en la tierra, merced a su propuesta: libertad, democracia y libre empresa. Como señala la Introducción de la ESN: “Hoy, las grandes potencias del mundo nos encontramos en el mismo lado, unidos por los peligros comunes de la violencia y el caos terroristas”. De ahí en adelante, con la idea pesadillesca de enfrentar al “eje del mal”, ha soltado sus perros de la guerra: Afganistán e Irak han sido las primeras estaciones del periplo guerrero con que ha soñado y sueña Bush Jr.
Las terribles evidencias
En la mortandad producida en la mezquita de Kadimiya (que pasó al olvido mediático, vista la catástrofe que el huracán Katrina produjo en el corazón del imperio) se grafica el efecto del terror que ha impuesto la acción confluyente de la invasión de la Santa Alianza, encabezada por EEUU, con la de Al Qaeda y sus adláteres.
Bajo el pretexto de destruir los espacios en los cuales radicaría una reanimación de la corriente pro Sadam Hussein, fue la ofensiva de las tropas invasoras la que arrasó buena parte de las zonas urbanas e industriales de Irak; la que desestructuró el aparato de Estado laico que sostenía el Partido Baas y que había logrado contener las tensiones entre las comunidades musulmanas sunitas y chiítas; con su comportamiento abusivo en medio de esa cultura a la cual no entendió, sembró el temor y fortaleció un ánimo nacionalista entre los irakíes, caldo de cultivo para las facciones armadas más extremas.
A ello agreguemos la violencia ciega de los grupos terroristas musulmanes, que aprovechando el desgobierno y las tensiones, han inundado Irak de atentados suicidas que han cobrado miles de vidas. No es difícil, entonces, imaginar el terror que se respira en ese país que habría provocado la estampida en la mezquita de Bagdad. Los actos terroristas de los últimos días no hacen sino refrendar esa sensación.
Ahora, con Katrina, Estados Unidos vive las consecuencias, por una parte, de su desinterés frente al daño producido al medioambiente y la biosfera, así como de su boicot permanente a las medidas de protección o paliativas, que se proponen en los organismos internacionales, así como desde las organizaciones de la sociedad civil. Pero, además, el daño producido por este huracán podría haberse aminorado si el gobierno Bush no estuviese obsesionado con su cruzada bélica, a la cual ha dedicado recursos económicos crecientes, en desmedro de aquellos que necesitan las políticas sociales así como las obras públicas que permiten que los estados en la ruta de este tipo de fenómenos climáticos, se resguarden de sus efectos. Como denunció el ex Presidente Bill Clinton, el presupuesto que su gobierno había destinado para reparar los diques que protegían a Nueva Orleáns se esfumó, yendo a parar a las arcas que sostienen la obsesión guerrera de Bush Jr. Y la reacción airada del alcalde de Nueva Orleáns expresa el sentir de millones de estadounidenses, que se vieron gravemente afectados por la desidia del gobierno federal.
Menos que seguridad, la ESN del Gobierno de George W. Bush ha traído desconfianza creciente entre amplias comunidades y temor a escala internacional; así como desazón ante el costo de la empresa bélica, mientras millones de personas esperan que los recursos internacionales vayan a paliar las epidemias y el hambre. ¿La crisis del petróleo sería la misma si Irak no hubiese sido invadido? ¿El huracán Katrina, y los que le siguen, tendrían iguales efectos si las grandes potencias redujeran su aporte al recalentamiento atmosférico?
El huracán que asoló tres estados sureños de EEUU, la destrucción de las ciudades, los centenares de muertos y las decenas de miles de damnificados dejados a su suerte presentaron la imagen dantesca de un país azotado por una guerra; ¿cuán diferente es este escenario del que presentaron Afganistán e Irak a partir de la invasión encabezada por EEUU?
[1] Periodista, Mag. © en Ciencias Militares. Editor de la revista Estudios Político Militares del Centro de Estudios Estratégicos de la Universidad ARCIS.